Cooking D.I.Y.

Soperas en la mesa

Guiris. Sin sombrero, chanclas con calcetines o pantalones de color caqui llenos de bolsillos, pero con gafas de sol —nonetheless—, cámara de fotos y el mapa no demasiado lejos. Eso sí, hoy en día es electrónico, no físico, gracias a las bondades del móvil, el GPS y todos los avances tecnológicos que nos convierten en seres mucho menos libres de lo que eran nuestros padres y abuelos. Hay miles de aplicaciones con reseñas de restaurantes, cafeterías y establecimientos, pero ninguna de ellas —ni sus calificaciones de cinco, cuatro, tres, dos, una o ninguna estrellas— es capaz de expresar el placer de una buena comida casera. Además, como dice David de Jorge, las carga el diablo.

A veces, no obstante, se encuentra algún tipo de información útil. Lo difícil, claro, es distinguir el diamante entre tanta paja. Desde luego, la tarea se las trae, porque no resulta nada sencillo decir a simple vista qué local es bueno y cuál no. Hay que entrar, pedir, comer y, por último, decidir si realmente vale la pena o nos han tomado el pelo. Una buena pista suele ser la afluencia de gente de la zona. Si el restaurante en cuestión está abarrotado, algo tiene que haber ahí. De lo contrario, lo mejor es salir pitando. Ah, una cosa que suele funcionarme el 70 % de las veces es ver si la carta está en varios idiomas. De ser así, con dios, señores míos.

Ayer fuimos a Gijón y, la verdad, no teníamos ni idea de adónde dirigirnos para comer. Mi tío nos pasó una lista de restaurantes que olvidé buscar por Foursquare y, para más inri, dejé guardada en la carpeta de descargas del ordenador. Buscando con Google, di con un lugar que prometía buenos cachopos y un mejor trato. No obstante, la sorpresa sería mayúscula, pues nos esperaba un menú de 11 euros por barba y, lo que es todavía mejor, un cocido casero servido por una señora mayor charlatana y simpática a partes iguales.

Restaurante Casa Tino (c/ Alfredo Truan, 9, en Gijón) es uno de esos sitios en los que, víctimas de una bondad humana sin límites, todavía llevan la sopera a la mesa para que el comensal se sirva lo que le venga en gana. Buen caldo, espeso, con sabor a carne y chorizo. La primera cucharada, aun estando a principios de agosto, me recompone el cuerpo. La segunda me hace plantearme el mudarme a Asturias. Así hasta terminarme el plato, rellenarlo y acabar el segundo. Y olé.

Sin tiempo apenas de digerir —mentalmente, pues el proceso estomacal promete ocupar buena parte de la tarde— el milagro que acabo de presenciar, el único camarero —hombre, se entiende— de la sala se lleva la sopera y aparece la señora de mis amores con una fuente llena de garbanzos, patatas, chorizo, carne y —sí, estás en el paraíso, ¡ADMÍTELO!— tocino. Bendito medio pan que me he dejado sin comer. Benditos montaditos de pringá pop-up que arreglo en un pispás con él para acompañar los garbanzos. Bendita —casi— media fuente que dejo sin comer porque mi estómago de colibrí no da para más.

Lo último que sé es que el camarero me ofrece varios postres. De todos ellos, el que más me llama la atención es el picatoste, una especie de torrija, aunque mucho más melosa y empapada, que se sirve caliente. No es que estemos precisamente en Semana Santa, pero me es imposible negarme a tal sugerencia. Acto seguido, llega el momento doloroso. Sin embargo, al ver la cuenta, nos damos cuenta de que no lo es tanto y pagamos gustosamente los 22 euros que nos piden. Good times.

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