Cooking D.I.Y.

Sir-Oinks-A-Lot

Me he venido cinco días a la capital escocesa para olvidarme de Castellón, del blog, de los e-mails sin responder y de la carrera. Llego para refrescar mi inglés, para quedarme hablando hasta altas horas de la noche con algunos amigos que solo veo un par de veces en el año, para comerme la flora y la fauna de la zona condensadas en una pequeña caja de hojaldre, para beber cerveza sin preocuparme de lo que pase al día siguiente y para, al fin y al cabo, ser yo en un contexto diferente al habitual.

Aunque podría describir todos y cada uno de los días que paso en Edimburgo, el tiempo aprieta. Lo que realmente viene al caso es que el último día, antes de mi coger mi vuelo, Javi me propone ir a por un pulled pork roll (un bocadillo de cerdo). ¿Quién dijo miedo? Después de todo, hace bastante frío, a pesar del buen tiempo que ha bendecido mi visita, y algo contundente me vendrá de perlas para no volverme con hambre a Barcelona.

Oink es un simpático local situado en el número 34 de Victoria St., muy cerca de Grassmarket. Cada día, exponen un cerdo asado en el escaparate para que los transeúntes glotones como yo no tengamos más remedio que pararnos a admirar la belleza de semejantes hechuras. A la mierda Abercrombie & Fitch, todos sus modelos y la sutileza, esto es porno del duro. El chancho te mira desde dentro del restaurante con el descaro propio de un dandy. Mientras tanto, su piel, crujiente y brillante a más no poder, churrusca en tus oídos. Átate al mástil, Homero, que vienen las sirenas.

(Hey there, you sexy. Obviamente, la foto no hace justicia)

Normalmente, el sitio se llena y es imposible comer en él, ya que solo cuentan con dos mesas y capacidad para unas 9 personas. Así pues, se cumple eso de que bueno y difícil suelen ir de la mano. No obstante, hoy tenemos suerte y conseguimos acomodarnos en un par de taburetes situados al fondo. De comer, pedimos un Oink (hay tres tamaños, el nuestro es el mediano) y la sopa del día (crema de apionabo). Después, pagamos nuestras cinco libras correspondientes y nos disponemos a dar buena cuenta del festín. A todo esto, también dan la opción de añadirle haggis o relleno de cebolla y salvia, así como diferentes salsas —picante, BBQ, de manzana, etc—. Chúpate esa mandarina, Catalina.

La sopa está en su punto. Calienta el cuerpo y la lengua, porque pica bastante. No contentos con el calorcillo en nuestras papilas gustativas, ambos echamos pimienta en abundancia. En cuanto al cerdo, ¿qué digo? ¿Debería soltar todos y cada uno de los grasientos, sabrosos, melosos y pecaminosos detalles o, por otro lado, me comporto como un caballero y ahorro esa escena a tan distinguido público? Tiraré por la calle de en medio: es pura poesía, la mejor colleja para todos aquellos que reniegan de la comida británica. Es más, hasta diría que ni siquiera se merecen semejante manjar, los muy blasfemos.

Tres horas después, a las 15:51, estoy en la cola para embarcar. A pesar de haberme lavado las manos un par de veces desde que terminé de comer, todavía desprenden un aroma a salsa barbacoa. Salsa barbacoa de la buena, claro. Nunca me hizo tanta ilusión oler como un cerdo. Esto es vida.

  • No hay tweets

Contactar

Top