Cooking D.I.Y.

Quimet & Quimet

Primera parte de una cena de cumpleaños.

Dice mi madre que parecemos pareja. Sin embargo, lo nuestro se reduce a una mera amistad llena de buenos momentos, muchas risas y, sobre todo, ingentes cantidades de comida. Por ello, quiero aprovechar la noche del viernes para llevármelo de tapas. La primera parada de la noche es Quimet & Quimet (c/ del Poeta Cabanyes, 25), un bar al que llevo siglos queriendo ir pero donde nunca he podido tapear por diversas razones —horarios raros, al menos para mí; demasiada gente, etc.—. En cuanto vemos que la camarera sale con intención de echar el cierre, nos colamos dentro.

Atravesar la puerta del Quimet & Quimet es encontrarse con un local estrecho, alto, lleno de botellas variadas y latas de comida en conserva. De hecho, creo —repito: CREO— que puedo poner la mano en el fuego sin temor a quemarme si afirmo que todas las tapas que elaboran usan, al menos, un ingrediente enlatado. Como de costumbre, los clientes se agolpan en busca de cualquier sitio libre en el que apoyar copa, plato y codo. Milagrosamente, encontramos un pequeño espacio en la barra que parece disponible solo para nosotros, pues nadie más intenta arrebatárnoslo en un ataque de precipitación y descortesía. Por lo tanto, sitio en la barra y —de regalo, claro— cerca del camarero, para que todo sea más rápido. Miel sobre hojuelas.

«Dos montaditos —uno de mejillones, tomate y caviar, y otro de chipirones y cebolla— y una copa de tinto por barba». ¡BUM! Dicho y hecho. No nos da tiempo de paladear el vino y ya nos han traído la comida. Así da gusto. El mordisco de bienvenida me sirve para comprobar dos cosas. La primera es que las conservas son exquisitas, superiores. La segunda es que el pan crujiente sobre el que las colocan no es, al menos en mi modesta opinión, el más idóneo, pues se quiebra y la cosa corre el riesgo de acabar en desastre. No obstante, como he comentado antes, están de auténtico vicio.

No remoloneamos demasiado, pues ahora toca hacer una visita de cortesía a otro bar y quedarse fuera, como casi nos ha pasado aquí, no es una opción que contemplemos. Así pues, pedimos la cuenta, pagamos (quince euros en total) y nos vamos. Eso sí, súbannos antes la persiana, por favor, que no nos gusta meter la mano en sartén ajena.

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