Cooking D.I.Y.

La tapa de moda

Que Adrià, que vive en Barcelona, me recomiende un bar en Sevilla es bastante curioso. En uno de los miles de mails que intercambiamos al día, me mandó un link a un magazine online sobre diseño, interiorismo y arquitectura en el que hablaban de un local nuevo en Sevilla, Ovejas Negras. La verdad, me dio muy buena espina, aunque es cierto que el artículo trataba exclusivamente los aspectos de diseño del bar, no había ninguna mención a la comida. Por ello, me propuse ir para comprobar por mí mismo si la comida estaba a la altura del local.

El día X, quedé con Jose para ir a comprar un regalo para una amiga. Sobre las 20.45, empecé a meterle prisa para ir al bar, porque me habían dicho que se llenaba en cero coma dos. Llegamos a las 21, la hora de apertura y, como estaban terminando de organizar un par de cosas, aproveché para tomar unas cuantas fotos, tras lo cual nos sentaron en una mesa alta con taburetes y nos preguntaron qué queríamos beber.

Mientras decidíamos las tapas, lo cual se me da fatal porque soy muy indeciso, no podía dejar de mirar el local. Como me gustó bastante, me levanté a hacer algunas fotos más. Cuando por fin me decidí, Jose respiró aliviado, el camarero también y supongo que los cocineros tres cuartos de lo mismo, porque por fin el dichoso cliente pedía algo de comer. He de decir que los camareros nos atendieron a la perfección. Es más, nos servían dos camareros diferentes y nos preguntaron en varias ocasiones si todo era de nuestro gusto.

Lo primero que nos trajeron fueron el salmorejo y las berenjenas parmesana. A priori, pedir salmorejo en un bar de tapas sevillano con una propuesta diferente a la habitual puede parecer bastante cateto por mi parte y, de hecho, lo es. Sin embargo, quería comprobar qué tal lo hacían y, por otro lado, me apetecía bastante, ya que llevaba bastante tiempo sin tomarme uno. ¿Veredicto? Muy bueno, rozando el sobresaliente. Era un salmorejo tradicional, muy rico de sabor y, para terminar, bastante suave, nada agresivo. También probé las berenjenas de Jose y he de decir que estaban en su punto: tiernas, con la capa de queso fundido por encima y un sabor muy bien logrado. En este momento de la noche, más o menos las 21.30, el bar estaba lleno. Eso no puede ser sino bueno, ¿no?

El segundo round fue un poco más carnívoro. Jose se pidió una tapa de Gyoza, unas empanadillas japonesas fritas rellenas de carne que venían acompañadas de una salsa picante un poco dulzona. A mí me gustaron bastante, aunque no es la tapa que pediría habitualmente porque no suelo comer fritos, pero he de reconocer que tenían un sabor muy bueno, la masa crujía y la salsa casaba perfectamente con ellas. Por mi parte, pedí la carrillada con puré de patatas y ajo asado. He de reconocer que la carrillada es una carne que, poco a poco, me ha ganado para su causa, sobre todo gracias a experiencias como esta: una carne suave, tierna, que se deshacía con tan solo mirarla y acompañada de una salsa cuyos ingredientes no pude identificar (puntazo a favor de los cocineros). Aparte, el puré de patatas, que va servido en una olla pequeña aparte, tampoco se quedaba corto y resultaba una guarnición muy bien escogida.

Además de todo esto, compartimos un cuenco de patatas bravas. De nuevo, alguien ahí arriba volvió a guiñarme un ojo y las patatas eran caseras. ¿Qué decir de la salsa? Buen sabor, con un ligero pique, lo cual es bueno para aquellos que no toleren el picante demasiado. Siendo sinceros, era imposible comerse una y resistir la tentación de comerse 3 o 4 más de una sentada (quand on fait bop, il n’y a pas de stop).

Llegados a este punto, Jose y yo estábamos bastante llenos. Sin embargo, todavía quedaba un pequeño hueco para un postre. Después de mirar la carta, elegimos el sablée de vainilla, canela y nibs de cacao. El postre era una especie de natilla, aunque un poco más consistente, con un sabor a vainilla y canela bastante agradable. Además, iba acompañado de unos picatostes de una masa que no conseguí descubrir (puntazo a favor de los cocineros, parte II). Sea como sea, me gustó bastante.

He de decir que fue una cena muy agradable, compartiendo risas, impresiones políticas y cotilleos universitarios de las más altas esferas que provocarían que Woodward y Bernstein escribieran un artículo que haría que el del caso Watergate pareciera un mero chisme de prensa amarilla. Como soy un caballero, o lo intento, no diré nada más.

Tras pagar nuestra cuenta (26 euros en total, que no veo nada mal, teniendo en cuenta todo lo que comimos), fui a hablar con Juanma, el dueño, que se encontraba tras la barra. Como estaba bastante ocupado, le di simplemente las gracias y le pedí su e-mail para hacerle un par de preguntas. Me respondió al muy poco tiempo de escribirle y me contó que no pretenden ser más que un “un lugar con mucho ruido, música divertida, que la gente se sienta cómoda, que les guste la comida, que vengan a visitarnos para pasar un momento agradable y divertido”. Aparte, también me contó que abrieron en julio de 2011, tras varios años de recorrer restaurantes y conocer chefs de varias partes del mundo junto a su mujer Genoveva que, como él, es cocinera. Por último , me comenta que confía ciegamente en su equipo, que está formado por 13 personas en total, así como en que todo lo que forma parte de Ovejas Negras, desde la barra hasta las latas, consiga que sea agradable para la experiencia del cliente a la hora de tapear.

Sé que Ovejas Negras no pretenden ser abanderados de nada, pero lo cierto es que están en una muy buena posición ahora mismo, ya que han conseguido llenar su local a base de trabajo y buena comida. Juanma me dijo que no quieren la medalla de ser el local de moda, pero creo que es un título que les costará quitarse de encima (en el mejor sentido de la expresión), porque han conseguido que tapear en Sevilla sea original.

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