Cooking D.I.Y.

Ostras y sushi

Mi madre, muy emocionada, me dice que hay una ostrería en el Mercado de Triana, el cual han reformado recientemente. Por lo visto, lo han dejado muy bien. Después de investigar un poco por internet, la biblia de nuestros días, encuentro el sitio web del sitio en cuestión, además de algunos comentarios por la red.

Llegamos pronto al mercado, ya que nos encanta visitar los puestos y ver el producto que está a la venta. Estos días, entre unas cosas y otras tales como la flojera veraniega, los rigores estivales y la falta de ideas, hemos estado encerrados en casa, sobreviviendo a base de grandes dosis de cine, The Sopranos y comidas fresquitas. Por eso, cualquier plan medianamente interesante es recibido como agua de mayo.

Llegamos pronto al mercado, decía, y nos dedicamos a olisquear lo que nos ofrecen. Una frutería, por ejemplo, tiene unas paraguayas (paraguayos para la mayoría de la humanidad, pero en casa son de género femenino) gordas como morcillas, así que aprovechamos la ocasión para comprar unas cuantas, además de unos higos que de dulces son puro caramelo. Creía que ya no era posible encontrar fruta así, pero me he llevado una gratísima sorpresa.

Después de este agradable momento, vamos a un bar a tomar una cerveza y una tapa para ir abriendo el apetito. Despachamos en un pispás y nos dirigimos a la Ostrería Platinum, un sushibar-restaurante-ostrería-algo montado en un puesto del mercado. Tras mirar la carta, pedimos dos copas de cava, dos ostras Gillardeau y un surtido variado de sushi. Tras la bebida, nos sirven en primer lugar el sushi con sorprendente rapidez, sobre todo teniendo en cuenta que el sushimaker (¿hay alguna denominación en castellano para la persona que hace sushi?) lo hace en el mismo momento en el que se encarga. A continuación, ni 2 minutos después, nos traen las ostras.

Vamos con calma, empezando por las ostras y alternando su sabor con el del cava. Después, damos buena cuenta del sushi, muy bueno también, sobre todo porque el arroz no es una pasta glutinosa como en la mayoría de los sitios. Hacía tiempo que quería rememorar esa cocina japonesa tan buena que preparan en el Suehiro, un restaurante japonés ubicado en Guadalajara (la de México, no la de España) en el que el país del sol naciente está a un par de bocados de distancia. En este, te dividen el corazón entre Francia y Japón, entre Truffaut y Kurosawa, entre palillos de bambú o tenedor de ostras. Pagamos nuestra cuenta (20 euros en total) y nos vamos. No estamos llenos, pero sí saciados. Pocas cosas, pero buenas, como dice Robin Food.

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