Cooking D.I.Y.

Horchata & fartons

Últimamente, duermo poco y mal. Me despierto a eso de las 4 o las 5, doy un par de vueltas en la cama y no soy capaz de volver a dormirme. Así pues, me levanto, me veo un par de capítulos de The Sopranos y espero a que sean las 7 y pico para salir a correr. Hoy, mientras corría por Montjuïc, he llegado a dos conclusiones. La primera es que es una pena ver la nube de contaminación que hay por encima de Barcelona. Una ciudad tan bonita queda empañada por una mancha feísima que flota por encima de ella. La segunda es que tengo un mono tremendo de horchata, ya que me acuerdo de la botella de horchata que abrimos el otro día y que está en la nevera bien fresquita, esperando que vuelva a casa para reponer fuerzas. Después de llegar, lógicamente, me voy como un loco a la nevera, donde encuentro la bendita botella. Después de ducharme, hablo con Adrià mientras desayunamos y me comenta que conoce una horchatería estupenda.

Paso la mañana trabajando y haciendo la maleta, ya que mañana me vuelvo a Sevilla. Por desgracia, no es hasta después de comer que puedo ir a Sirvent (carrer Parlament, 56). Nada más entrar, veo que es un local en el que todas las mesas están ocupadas. Aparte, tiene una barra, tras la cual hay 4 o 5 señoras sirviendo helados, horchatas y granizadas sin parar. Sobra decir que la barra está también llena de clientes. Espero mi turno, dejo la mochila en una silla, cuando por fin se desocupa una mesa, y me pido una horchata grande y tres fartons (las cosas se hacen bien o no se hacen). Tras las fotos de rigor, le pego un sorbo a la horchata y veo que -¡oh, sorpresa!- está mucho mejor que la del súper. El nivel de dulzor es más moderado, el sabor más natural y la textura un poco más terrosa, aunque menos que la que hice hace un mes y pico (ojo, no digo que sea mejor o peor, solo digo que esta está un poco menos terrosa). Como dice José Carlos Capel, esta horchata no se bebe, se mastica.

Por fin, tras ese primer sorbo, viene el momento de empapar un fartón en la horchata. El primer unte no me resulta del todo satisfactorio, ya que no he mojado lo suficiente el fartón como para que absorba el sabor de la horchata. La segunda vez, sin embargo, lo dejo más tiempo dentro de la horchata y, al sacarlo, veo que se ha hinchado ligeramente. Un mordisco me lleva al salón de una casa de Manchester, no recuerdo bien cuál, en la que comí por primera vez fartons con horchata, ya que un amigo se trajo el chiringuito en la maleta. Sigo escuchando música, mojando, mordiendo, masticando, tragando y dando sorbos al vaso de horchata. Lo bueno de una merienda así, que sale en total por 4 euros, es que te da la felicidad. Lo malo es que esa felicidad es efímera. Además, es muy adictivo. Solo han pasado dos horas desde que estuve allí y ya tengo ganas de ir a por otra horchata.

Como no hay mucho más por hacer, me levanto, doy las gracias y me voy. Por el camino, Carmen, que prefirió quedarse durmiendo la siesta, me pregunta por el móvil “¿qué tal?”. ¿La respuesta? Creo que todo lo que he escrito antes responde a la pregunta perfectamente.

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