Cooking D.I.Y.
23 de enero de 2013

Localización

41° 22' 50" N, 2° 10' 1.98" E

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Sal e idas

Brunch de domingo

Estoy contento. Llevo unos cuantos días en Barcelona y mi madre ha venido de visita. Nos vemos pocas veces en el año, así que hay que aprovechar al máximo. Hace por lo menos una década que no viene a la ciudad y nos pasamos casi todo el día recorriéndola. Le enseño el Born, el Raval y Sant Antoni. Comemos aquí, tomamos una caña allí y, para terminar, cerramos el día con una buena taza de té en otro sitio. Somos de culo inquieto, sí.

Hoy, hemos quedado para tomar un brunch con Adrià. Carmen no puede venir porque está trabajando y Marc, tres cuartos de lo mismo. El día se levanta mejor que el anterior, ya que llovió. Eso sí, el frío es bastante más pronunciado. Tras preparar un café infusionado con cardamomo —nos puede la pijería, he de admitirlo—, nos arreglamos y nos vamos. A las doce y media, nos encontramos con Adrià en Marmalade (carrer Riera Alta, 4-6), que nos queda muy cerca del estudio. Tengo pocas referencias del sitio, pero todas son bastante buenas.

Nada más entrar, veo que la iluminación es muy tenue, lo cual puede ser bueno o malo, según la ocasión. Tras sentarnos a la mesa, toman nota de las bebidas —dos tés Earl Grey y una caña— y nos dejan con las cartas para elegir lo que vamos a comer. Casi de inmediato, Adrià sabe que quiere unos Huevos Benedict y mi madre el Monte Cristo. Mi caso es de juzgado de guardia, me cuesta la propia vida escoger. En un primer momento, me decanto por una hamburguesa. Después, por los huevos benedict con salmón. A continuación, regreso a la opción de la Hamburguesa Deluxe BB —mi opción definitiva—. Una joyita de niño, sí.

Para picar, nos traen unas aceitunas. Adrià está en la gloria, claro —suya es la caña—, pero para mi madre y para mí supone todo un reto combinarlas con el té. Mentiría si dijera que hacemos de tripas corazón, porque lo cierto es que nos acaba gustando bastante la mezcla —al menos a mí—. Mientras engullimos, comentamos varios temas de actualidad. Trabajo, economía y situación. Después, más trabajo, más economía y más situación.

Pasado un rato, nos traen los platos y la conversación se interrumpe momentáneamente. Como soy bastante puñetero y nunca he probado la salsa holandesa, meto mi tenedor en el plato de Adrià y me maravillo ante la suavidad y el sabor tan intenso a mantequilla que tiene. Dado que no tengo referentes, no puedo comparar, pero sí digo que me gusta. Por mi parte, cumplo con mi ritual y me pongo un chorro generoso de mostaza en el plato —para untar bien las patatas— y otro en la hamburguesa. La carne está hecha por fuera y rosada por dentro, firme y jugosa, deliciosa. Aparte, veo a mi madre dar buena cuenta de su sándwich, al que unta con mermelada y ataca sin parar. Parecemos hienas en la sabana.

Después de cumplir con nuestro deber, hacemos un poco de sobremesa, pagamos —en torno a 11 euros por cabeza— y nos vamos. Subimos al estudio, donde tomamos otro café au lait y hacemos tiempo hasta que sea la hora de ir a la estación para despedir a mi madre. Estos momentos son bastante duros, pero una buena comida ayuda a hacerla más llevadera. Eso sí, las fotos que he hecho con el móvil le hacen poca justicia.

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