Cooking D.I.Y.

Tapeando en Donostia

Me sorprende la simpleza de ejecución del pintxo vasco: bonito con cebolla picada y mayonesa, todo ello colocado encima de una rebanada de pan y, para coronar, un par de anchoas en salazón. Digo que me sorprende porque la mezcla en cuestión —sí, he de admitirlo— nunca me ha parecido muy allá. Es más, diría que lo que más me fascina de este pintxo —ojo, no digo que todos sean iguales, he elegido uno al azar— es que me parece increíblemente delicioso. A lo mejor el txakolí me ha quitado las pijadas. O no. Posiblemente, la deliciosa sidra amarga que aquí escancian —siempre he sido de sidra dulce británica. En serio, ¿qué leches me pasa?— ha conseguido bajarme a la tierra. O no. Igual y se debe a que me encuentro en un estado de embriaguez constante, porque esta tierra tiene algo.

Me gusta el País Vasco. Me atrae la idea de recorrer pueblos y ciudades nuevas. Me divierte leer carteles en un idioma tan complejo y único, una lengua que no es la mía y que desconozco por completo. Veo que aquí tienen una veneración por la comida que roza el nivel de religión. Tascas, tascas y más tascas llenas de personas que comen, beben, charlan y ríen. De aquellos sitios en los que no hay gente es mejor no hablar. Normalmente, el criterio de la afluencia suele venir bien a la hora de elegir destino para comer, con honrosas excepciones —como the golden arches—. Por ello, sé que hemos elegido bien al venir a La Cuchara de San Telmo (Abuztuaren Hogei ta Hamaikako Kalea, 28).

Lo primero que vemos nada más entrar es que hay dos barras, una pegada a la pared y otra más cercana a los fogones. Lo segundo, y más sorprendente, es que estas no están llenas de pintxos. Dado que nosotros vamos a lo nuestro, nos dedicamos a conseguir sitio entre el gentío, lo cual conseguimos sin mucha dificultad, y pedimos los dos primeros txakolís. La carta es una pizarra colgada en la pared que está detrás de los camareros. En ella, los platos se suceden, cada uno más sugerente que el anterior, y anuncian precios en torno a los 4 euros cada uno.

Tras mucho meditarlo —sobre todo por mi parte, está claro que no sirvo para ir a restaurantes—, decidimos probar la vieira a la plancha con tocino ibérico y las kokotxas de bacalao al pilpil. Cada vez me entusiasman más las combinaciones mar y montaña, así que estoy seguro de la tapa no me va a defraudar. Por otro lado, sería todo un crimen abandonar Euskadi sin ni siquiera probar una preparación tan típica como las kokotxas, ¿no?

Pasados unos minutos —no muchos, por suerte—, nos traen a cada uno nuestro respectivo plato. Como se ha acabado la primera ronda de txakolís, pedimos una segunda, no vaya a ser que nos atragantemos. Los trozos de vieira con tocino me hacen pensar en lo original y peculiar que es montar un bar con esta propuesta en pleno centro de San Sebastián, donde otro tipo de aperitivos está a la orden del día. No obstante, si se cuida la elaboración y se mima al cliente —tal y como hacen aquí—, a mí me sirve, oiga.

Dado que estamos peregrinando por diferentes bares, despachamos las dos tapas, pagamos —unos 12 euros en total— y nos vamos. Diría que, de todos los sitios a los que estamos yendo en estas vacaciones por Euskadi, La Cuchara de San Telmo es uno de los más sorprendentes. Tanto, que al día siguiente volveremos, pero no lo sabemos todavía. Mientras tanto, me permitiréis que proclame a los cuatro vientos un mensaje muy bonito que vi ayer en Bilbao: I am Basque.

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