Cooking D.I.Y.

La mejor hamburguesa

Hoy, hemos quedado Marc, Adrià y yo para hablar, hablar y hablar. Nos tiramos un par de horas demorando el momento de la cena, hasta que el hambre es inaguantable. “¿Dónde vamos a cenar?”, digo yo. Tras comentar un par de sitios, Adrià tiene la gran idea de ir a Kiosko, el excelente restaurante especializado en preparar las mejores hamburguesas que he comido en toda mi vida. La idea me encanta, por supuesto. Marc no conoce el sitio, así que ya tenemos la excusa perfecta para ir (como si hiciera falta una).

Vamos andando por la calle y no puedo dejar de pensar en lo bonita que se ve Barcelona de noche. La zona de la Catedral del Mar es una auténtica belleza. A pesar del hambre que tengo, no me importa la calma con la que nos estamos tomando el paseo. De paso, vamos viendo otros restaurantes y locales interesantes de cara al futuro.

Cuando por fin llegamos a Kiosko (c/ Marquès de L’Argentera, 1 bis), vemos que, tal y como esperábamos, rebosa de gente. Mientras Marc y yo cogemos sitio, Adrià se pone en la cola. Nosotros vamos a lo nuestro, es decir, tomar unas cuantas fotos, elegir lo que queremos cenar y seguir contando antiguas historias de Manchester.

Por fin, llega Adrià con tres cervezas Moritz. Estábamos sedientos, al menos yo, porque me bebo casi medio tercio sin despeinarme. Entre comentar el local, muy sencillo y bien decorado, y a la clientela, viene la camarera con nuestras hamburguesas. Adrià se ha pedido la clásica, mientras que Marc y yo hemos optado por la australiana, que lleva salsa barbacoa, cheddar, bacón y remolacha a la parrilla. Además, hemos pedido dos raciones de patatas para compartir entre los tres. A estas alturas de la noche, a mí no me queda ya nada de cerveza, así que me pido otro tercio, because such a burger requires some fine beer to wash it down.

En este punto de la noche, la conversación se ha quedado un poco apagada, no hacemos más que masticar y masticar sin parar. Por supuesto, aprovechamos el hecho de que el ketchup sea casero, por lo que echamos ingentes cantidades en las que mojar las patatas fritas como si no hubiera mañana. Incluso yo, que reniego de esta salsa de tomate porque no me gusta en exceso, estoy hipnotizado por su sabor.

Sin alargarnos en exceso, terminamos la cena y salimos del local. Se me ha olvidado comentar que pagamos al pedir. En mi caso, fueron 13 euros. Entre la hamburguesa, las patatas y las dos cervezas, diría que no salí mal parado. Empezamos a caminar para bajar la cena y ya vamos de vuelta a casa, a L’Eixample, donde tanto Marc como Adrià viven. Por el camino, me hablan de un sitio en el que hacen unos macarons exquisitos, aunque no soy capaz de recordar el nombre.

Últimos comentarios

  • No hay tweets

Contactar

Top