Cooking D.I.Y.

Fastvínic

Febrero en Barcelona. Así, sin más. Frío agudo el lunes, lluvia torrencial el martes y dieciocho gradazos el miércoles. De nuevo, así, sin más, por lo que Hèctor y yo decidimos hacer un alto en el camino —ambos trabajamos en casa— e ir a mover el hocico, lo cual, según dice Juanma, es lo que mejor se nos da. «¿Cogemos el metro?», pregunto. «No, vamos a pie y así nos damos un paseo.», responde Hèctor. Bendita flojera, me obligas a sacar lo peor de mí.

El camino es agradable. Las inclemencias de los días pasados han hecho que me abrigue en exceso, así que noto ese calorcillo que tanto detesto recorriéndome la espalda. Sin embargo, como he dicho antes, es un buen paseo. Subimos por la Rambla del Raval, continuamos por calle Carme, dejamos detrás el MACBA, pasamos por Universitat y, por último, llegamos a Fastvínic (Diputació, 251, en Barcelona). Acabo de resumir veinte minutos de caminata en veintitrés palabras. Ahí es na.

Nada más entrar, a la derecha, está la cocina, que es descubierta y se ve bien limpia. Más adelante, después de los postres, está la caja, donde pedimos un par de cervezas artesanas —lo que se agradece profundamente—, un bocadillo de roast beef, otro de calçots y una bolsa de patatas fritas que no parecen formar parte de una multinacional —lo que también se agradece profundmante—. Solo tengo una pega: Hèctor me prometió un bocadillo de manos de cerdo y el encargado de partir el bacalao en el sitio en cuestión decidió sacarlo de la carta porque suponía mucho trabajo. Shame on you, guys.

Mientras esperamos el plato fuerte, nos zampamos las patatas. Crujientes, poco aceitosas y de sabor original. Parece ser que se han propuesto compensarnos por haber cercenado algunas de sus creaciones más originales, como la mencionada antes o el de perdiz en escabeche, y dejar otras más corrientes, como el archiconocido bikini —un sándwich de jamón de york y queso—. No obstante, un restaurante de bocadillos en Barcelona sin un bikini en carta NO es un restaurante de bocadillos en Barcelona. Por fin, tras unos cuantos minutos —no demasiados, a decir verdad— que se nos hacen eternos, llega el comercio. Aunque no lo suelo hacer en casa, me parece pistonudo que en un restaurante te corten el bocadillo por la mitad. Facilita la ingesta, reduce el salvajismo y esas cosas.

Los calçots están de muerte: dulces, blandos y escurridizos. Morder uno implica asumir que todas sus capas interiores van a salir disparadas en una —hacia la cara de Hèctor— u otra dirección —hacia mi garganta—. Me recuerda a mi infancia, cuando mordía las pipas de sandía de tal manera que conseguía que recorrieran grandes distancias. Eso era poder y no lo de Rajoy. Me distraigo. Los calçots están de muerte, la escarola se hace notar, pero no lo invade todo, y el romesco, la auténtica sal de la vida, es terciopelo puro. Con estos materiales, es imposible que el edificio salga mal. El otro, el de roast beef, no le va a la zaga. La carne alterna tonos marrones por fuera con un precioso color de piel de bebé por dentro —señal de un gusto exquisito— y la mostaza a la miel es, sencillamente, acojonante, pues ni empalaga ni mata el resto de sabores. El pan se merece un capítulo aparte. Tan ligero que podría flotar en el agua. Hèctor dice que el 50 % de un buen bocadillo empieza por ahí y no se equivoca. Vaya si no se equivoca, el tío. El conjunto, por cierto, nos sale a 21 euros en total.

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