Cooking D.I.Y.

Fast food de la buena

Días en París de vino y rosas, de libros y cocineros, de cerveza y pan, de queso y comino o de paté y tostadas; días de reencontrarme con gente que no veía desde tiempos inmemoriales; días de pasar frío, a pesar de los guantes y la bufanda de mi madre —sí, esa que dice Adrià que es estupenda, información que yo corroboro—; días de dar tarjetas a diestro y siniestro; días de no mover un dedo y, a la vez, de hacerlo todo.

De entre todos los locales de falafeles, shawarmas y kebabes en los que he estado, hay dos por los que guardo un cariño especial. Uno se encuentra en Avignon y, para ser sincero, no tengo ni pajolera idea de cuál es su nombre. Recuerdo, eso sí, que perdí la virginidad con él, ya que la fiebre del tronco de carne giratorio todavía no había llegado a Sevilla, que era de cordero y que llevaba una cantidad considerable de mostaza. Para morirse del gusto, sí. El otro sitio del que hablo está situado en la capital francesa, adonde me he ido unos cuantos días con mi padre, que presenta su libro ¡Puro bola y mirasol! en el Festival du Livre Culinaire. El sitio en cuestión se llama L’as du Fallafel (34, Rue des Rosiers).

Llegamos a eso de las dos de la tarde y vemos una cola considerable a la entrada. Una especie de portero nos da un número y nos dice que esperemos. Yo me preparo para media hora de pie por delante sin hacer nada. Sorprendentemente, no tardan más de 10 minutos en decirnos que pasemos a una pequeña mesa situada al fondo del local. Pequeña, pero matona, que no buscamos espacio, sino comer. Ambos —padre e hijo— nos decantamos por un shawarma de cordero y, para abrir apetito, un hummus con champiñones. Suena un poco descabellado no pedir falafel en un lugar que se jacta de tener el mejor del mundo, pero la vida es así. De nuevo, la espera, la maldita espera. De nuevo, la sorprendente rapidez. Por suerte para nosotros, todo lo que nos ponen por delante es de una calidad excepcional, nada que ver con lo que sirven en muchos otros restaurantes. Mi padre está especialmente fascinado por el hecho de que la cocción de la carne sea clavada a la de los tacos al pastor. Por mi parte, me dedico a otras actividades bastante menos meditativas.

Después de llenar el estómago, pagamos (alrededor de 17 euros por barba), mi padre agradece, felicita y se despide efusivamente del camarero, y nos largamos. De camino al hotel, me doy cuenta de que todos los locales situados en la zona son judíos. Normal, estamos en Pletzl, el barrio ídem de París. ¿Quién dijo que comer bien allí es difícil?

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