Cooking D.I.Y.

El dilema del viajero

Los aeropuertos y estaciones que conozco —y conozco unos cuantos— son un hervidero de establecimientos alimenticios cuya calidad gastronómica brilla por su ausencia y en los que, por supuesto, aplican un precio altísimo que hace que un simple sándwich, por ejemplo, te obligue a reajustar el presupuesto mensual asignado a comidas. Sin ir más lejos, en el aeropuerto de Málaga se aglutinan la flor y la nata de los restaurantes fast food, desde franquicias mundialmente conocidas hasta locales de los que poco o nada han oído hablar los que son ajenos a la provincia en cuestión. Tomo como ejemplo el aeropuerto de Málaga, pero podría enumerar unas cuantas lindezas de la estación de trenes de Santa Justa, en Sevilla. Lo mismo podría decir del aeropuerto John Lennon, de Liverpool, en el que he pasado no pocas noches, unas veces acostado en los incómodos asientos para viajeros y familiares que esperan, otras acurrucado en el suelo —cuando había menos suerte y dichos asientos estaban todos ocupados—, abrazado a la maleta por miedo a que me la roben, usando el jersey como almohada y el abrigo como edredón. Sin embargo, el entumecimiento muscular palidecía en comparación con el malestar que me quedaba tras pagar 5 libras por un té y un croissant que, no nos engañemos, no había hecho ningún simpático pastelero con un gran amor por su oficio. Después de varios tropiezos, aprendí que lo mejor era ir bien comido de casa para evitar la angustia de la situación. En caso de tener un momento de debilidad, me puse como reglas no comprar nada que superara las 3 libras —o 3 euros, dependiendo del país— de precio y adquirir siempre productos del estilo de chocolatinas o similares. Al fin y al cabo, son reconfortantes.

Hace tiempo, leí en el blog de José Carlos Capel que en la estación de tren Valencia Joaquín Sorolla hay puestos ambulantes en los que venden horchata artesanal. Dado que tengo que coger un tren con destino a Madrid, se me pasa por la cabeza la idea de ir al puesto en cuestión y comprar un vaso de la refrescante bebida de chufas que tanto me gusta. Mi sorpresa al llegar es que no solo hay un puesto ambulante, sino que también tienen montada una horchata shop —que diríamos los cursis— en la que venden diferentes productos, tales como chufas o harina de las mismas. Sin perder demasiado tiempo, me acerco al mostrador, pregunto los precios y compro un vaso mediano. Los 2.70 € que pago por él cumplen con la primera regla, el azúcar y la consecuente sensación de bienestar que deja en mi cuerpo, con la segunda, a pesar del frío de la calle y de la propia bebida, que he pedido mitad normal y mitad granizada. El sitio se llama, para más señas, Món Orxata.

Supongo que una iniciativa así no es más que un oasis en medio del desierto de macdonalds y demás multinacionales, negocios locales, tiendas, puestos ambulantes y máquinas expendedoras que se dedican, con escasa pasión tanto por la comida como por los que allí dejan su dinero, a llenarnos la panza de grasas, calorías y altas cantidades de sal. Perdón, utilizo la primera persona del plural, pero he de quitarme de la ecuación, ya que este pez muere por muchas bocas, pero no por la de pagar lo que sea que le cobren a la clientela que allí acude por la necesidad de la situación o por simple y puro amor a la especialidad de la casa. Ya no.

Por cierto, ¿conocéis más propuestas interesantes y de calidad como Món Orxata o tenemos que resignarnos, perder la fe en la humanidad y llevarnos un bocadillo de filetes empanados para matar el tiempo que pasa desde el control de equipajes hasta el despegue?

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