Cooking D.I.Y.

Dame ramen

Marta y yo llegamos tarde. El primer fuckfuckfuck del día, porque es algo que me supera. Ana, Miquel y Adrià, que ya están ahí, se han colocado fuera. «¿Estáis locos?», pregunto. «Prueba a buscar sitio dentro», me responden. Lleno a más no poder, sí. Me asomo al local y lo veo todo demasiado oscuro, quizás por el exceso de luz solar. Cuando mis ojos se reajustan, me doy cuenta de que es un sitio pequeño en el que el espacio está muy bien aprovechado. El restaurante cuenta con algunas mesas para dos y, aparte, una barra en la que cabrían cómodamente cinco personas. Tras dicha barra, se esconde la magia. En realidad, la palabra esconde es engañosa, ya que no hay ninguna pared y es posible ver todo lo que hacen Hiro y su equipo. Lo dicho, magia.

(Aquí los palillos se sirven como si fueran pajitas)

Una cosa que detesto es molestar, así que me da un poco de reparo interrumpir al cocinero y preguntarle si le puedo hacer un par de fotos. Me dice que adelante, sin problema, y aprovecho. Al volver a nuestra mesa en la terraza, me encuentro con el eterno dilema que hace de mi vida un suplicio: elegir lo que voy a comer. Por suerte, la carta de Ramen-Ya Hiro (C/ Girona, 164) es pequeña y, todavía mejor, ofrece un menú que permite degustar un entrante, un plato principal —ramen o yakisoba, este último próximamente— y una bebida por un módico precio. Onigiri de panceta, ramen de soja y cerveza, gracias.

Miquel es traductor y lleva un par de años viviendo en Taiwan. A pesar de que no es su idioma fuerte, sabe que ramen significa fideo estirado en japonés. Por si no ha quedado claro, acompaña la explicación de un gesto con los brazos bastante gracioso. Es inevitable recurrir al chiste fácil: no está, para nada, lost in translation —sí, sé que la película transcurre en Tokyo, no en Taipéi, pero la referencia estaba a huevo. Además, su manejo de los palillos es envidiable. Es algo que salta a la vista nada más empezar a atacar su ensalada. Por mi parte, pido salsa de soja y un cuenquecito para mojar en ella mi onigiri. No sé si es un sacrilegio, pero a mí me gusta. Que me perdone Hideo Kojima.

(Hey there, you sexy!)

El plato fuerte es, sin duda, la estrella. El camarero nos trae a cada uno un cuencazo humeante lleno de caldo, fideos, algas y un trozo de cerdo. Amigo mío, volvemos a encontrarnos. Algo que me gusta de este tipo de comidas es que puedo dedicarme a meterme en la boca una cantidad ingente de alimentos de una tacada y no sentirme un maleducado. Puedo beber sopa. Puedo mancharme las manos. ¿Qué es eso que flota, ajo ligeramente chamuscado? Esto es vida.

Después de rebañar —literalmente— el cuenco, nos frotamos la barriga gustosamente, estiramos las piernas y nos relajamos. El calor aprieta y, a pesar de todo, la sopa nos ha sentado estupendamente. Pedimos la cuenta —10,50 por cabeza— y, cuando llevo a la barra el platito de bambú con el dinero, Hiro me mira, sonríe y me pregunta: «¿Has hecho muchas fotos?». ¡Qué tío!

Últimos comentarios

  • No hay tweets

Contactar

Top