Cooking D.I.Y.

Chinito riquito

Creo que es la primera vez en años que insisto tanto para ir a un restaurante por tercera vez en menos de un mes. Estos días, hemos venido al OFFF, donde trabaja Marc, quien nos ha conseguido dos invitaciones, y en la pausa para comer no dejo de dar la murga para que cojamos el metro y nos plantemos en el chino de mis sueños. Adrià dice que está demasiado lejos y que soy un pesado de narices. Roger, por otro lado, guarda silencio. Tras pasar por dos bares abarrotados, le propongo que probemos en la calle de al lado y, de no encontrar sitio en ninguno, abracemos nuestro destino. Acepta, sonríe, me choca la mano y lidera el camino. Cinco minutos más tarde, ya menos ufano, se dirige resignado al metro. Por mi parte, intento no levantar los brazos a lo Rocky para no hacer más sangre de la victoria.

Llegamos al sitio en cuestión (c/ Ali Bei, 65), cuyo nombre desconozco, a eso de las 14:30 y lo vemos hasta arriba de gente. Sin embargo, nos dan mesa casi de inmediato. «¿Qué comerán?», nos preguntan. «Sopa de fideos hechos a mano, panceta al vapor con salsa de soja, bolas de pan al vapor rellenas de carne y verduras, y empanadillas de carne y verduras, gracias.». «¿Tan buena está la sopa? Mira que hace un calor de cojones.», dicen Roger y Adrià. «Esperad y veréis.», respondo. Es un clásico, no ha fallado en ninguna de las tres veces que la he pedido. De hecho, es lo primero que nos traen y yo, ni corto ni perezoso, empiezo a meterme fideos en la boca hasta llenarla. Poco importa que me queme la lengua o me abrase la garganta.

(Ni hao)

¿Qué más? Ah, sí, el resto. Las empanadillas son brutales. Mojadas ligeramente en salsa de soja, se vuelven un bocado exquisito. Lo mismo sucede con las bolas de pan al vapor. Eso sí, estas últimas aventajan a las empanadillas en el hecho de que absorben la salsa, por lo que retienen mejor su sabor y montan una juerga en el paladar. La panceta, por otro lado, me gusta, pero la encuentro excesivamente grasienta. Un tanto estúpido, sí. Al fin y al cabo, sabía a lo que me exponía, ¿no?

Cuando hemos dado buena cuenta de casi todo —solo hemos dejado un trozo de panceta. Menudos campeones, tú—, vamos a pagar y nos quedamos de piedra con los 7 euros POR CABEZA que tenemos que apoquinar. Después, intentamos no dormirnos en el metro de vuelta al festival. Obviamente, yo no lo consigo.

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