Cooking D.I.Y.

¡Che, vámonos de hamburguesas!

Sobre las 5 de la tarde, Mic aparece en su moto, que aparca en la acera. Nuestra primera parada es Fnac, ya que ambos buscamos varios libros y, por lo pronto, no hay mejor sitio por el que empezar. No obstante, no hay suerte por mi parte, no tienen lo que busco, aunque ella sí que se lleva un par de cosas para Lola, su compañera de piso. A continuación, viene todo un baile de librerías y tiendas. Las iría enumerando una a una, pero, sinceramente, es un poco coñazo. Lo que importa es que vamos a dar con nuestros huesos al Café Ubik, donde ella se toma una tostada de nutella y yo un trozo de tarta de dicha crema. Muy light todo, sí.

(Hamburguesa piamontesa)

Tras merendar, hablar y reírnos del mundo, vamos a otro sitio, ahora a por una tapa y una cerveza.  Palabras mayores. En realidad, estamos haciendo tiempo para no llegar excesivamente pronto a Mediterránea de Hamburguesas (Calle Sueca, 45, en Valencia), nuestro destino definitivo. Es un restaurante que me recomendó hace tiempo Juan, viejo zorro de morro fi (“morro fino” en la lengua de Lluís Llach). He intentado ir dos o tres veces antes, pero siempre, siempre, SIEMPRE está lleno. De hecho, en esta ocasión no hay casi sitio, por lo que nos tienen que acomodar en la barra, pero a nosotros nos da exactamente igual.

Una botella de agua nos contempla desde la barra. Se acabó el alcohol por hoy, que yo apenas estoy saliendo de uno de los peores resfriados que recuerdo y Mic ya empieza a toser. «Me lo has pegado», dice con cara seria, «es tu culpa». Fuckfuckfuck. Para aligerar el peso de la culpa —sí, soy el rey del drama—, intento concentrarme en la carta. ¿Qué leches pido? Siempre me pasa lo mismo, es un auténtico suplicio. Ella se decide por una piamontesa, con tomates secos y parmesano. Yo, por una inglesa, que lleva queso Stilton y berenjena.

(Hamburguesa inglesa; mucha rima en todo, sí)

Como somos unos agonías, ambos sacamos móvil y cámara (esto último solo yo, soy un flipado), y retratamos el plato hasta que empieza a enfriarse. Después, procedemos. ¿Patatas fritas caseras? Indeed. ¿Carne? Buena, en su punto de cocción y con un sabor que, de calificarlo como decente, me quedaría corto. También pasa la prueba con nota. Respiro tranquilo, porque siempre tengo miedo de probar una hamburguesería nueva y acabar decepcionado con la experiencia.

Una vez que hemos terminado, pagamos (alrededor de 10 euros por cabeza) y nos vamos. Mic me lleva a la estación, donde tengo que coger mi tren. Como queda algo de tiempo, decidimos sentarnos en un banco y hablar un rato. Antes, nos hemos reído del mundo. Ahora, más serios, vamos desgranando poco a poco todo lo que está sucediendo en la actualidad, que no es moco de pavo. Después de despedirnos, cojo el tren y pienso que, realmente, somos muy afortunados porque esta noche no nos han dado caballo por ternera. Al menos, quiero pensar que ha sido así. Supongo que tendremos que darle un voto de confianza a los restaurantes, nada se gana sospechando de ellos.

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