Cooking D.I.Y.

Desdemonizar una hamburguesa

Es domingo y vamos al Parc de la Ciutadella en bicicleta a hacer un picnic tirados al sol, disfrutando del césped, de los perros, de las guitarras, de los chavales que hacen kick boxing. De camino, pasamos por delante de Kiosko, una hamburguesería de Barcelona que ha conseguido devolverle a estos benditos bocadillos el estatus de manjar que habían perdido con tanta cadena de “comida” rápida. De repente, la parmigiana y la ensalada que llevamos en tuppers en nuestras mochilas me parecen algo indigno, pues me ruge el estómago y me pide CARNE. Al final, aplaco el gusanillo como puedo, aprieto los dientes, pedaleo más rápido y dejo que Seu Jorge me haga olvidarme de las tentadoras hamburguesas por un rato.

Dos semanas después, ya de vuelta en Sevilla, Javi me dice que ha quedado con Juan para ir a un gastrobar de hamburguesas, a un hamburgnoséqué. La verdad, no recuerdo bien qué dijo, pero me atrajo bastante. A Juan le gusta comer bien, por lo que sé que, allá por donde va, encuentra siempre un buen plato servido a la mesa. Como se acerca la Semana Santa, decido que no hay mejor oportunidad para ir a probar esas hamburguesas que la noche de un sábado previo al Domingo de Ramos, ya que más adelante todo será caos, devoción, procesiones y locura, mucha locura.

A eso de las 7 de la tarde, llamo y pregunto si hay que reservar. Muy amablemente, me contestan que no, que la gente va sentándose conforme va llegando y que hay que esperar si está lleno. La idea me gusta, me gusta y mucho. En ese mismo momento, empiezo a salivar pensando en el festín que me voy a pegar.

Llegamos a Burguett (calle Albareda, 24) a eso de las 21.15. Lo primero en lo que me fijo es que el local consta de dos plantas y tiene un diseño exquisito, muy minimalista. Nos sientan, nos dan una carta y nos preguntan qué queremos beber. Cerveza, por supuesto, así que nos colocan nuestros respectivos tercios de Cruzcampo. Somos de cenar poco y tenemos claro que solo queremos una hamburguesa cada uno. Después de mirar y pensárnoslo, elegimos la Güerita y la Donostiarra, mexicano y vasco, cocktail explosivo. Además, nos dan la oportunidad de elegir entre un bollo clásico de hamburguesa o uno rústico. Nuestra opción es la segunda.

(Hamburguesa Donostiarra)

Entre charla y charla, Rocío, la camarera (que fue un encanto y nos atendió a la perfección, con total amabilidad), nos trae los platos, muy bien presentados. Lo primero que noto es que las patatas fritas son caseras, prueba inequívoca de la existencia de un ser divino que me quiere. Además, van acompañadas de un hilillo de aceite de perejil. Tras hacer las fotos de rigor, procedo a echar un pegotón de mostaza en la parte superior del bollo y otro en el plato, pues me gusta mojar las patatas en esta salsa. A continuación, viene el momento de la verdad, el de los redobles, el del éxito o el fracaso. ¿Qué pasa después? Muchas sensaciones en mi boca. Una carne muy bien aliñada, rosada por dentro, como la pedí, y unos complementos que casan a la perfección. Las guindillas no pican, pero dan sabor (punto a favor para los estómagos delicados, como yo), el Idiazábal está ligeramente fundido y muy sabroso y, por último, el puré de setas termina de rematar la faena. Además, se agradece la mezcla de hojas y brotes.

(Hamburguesa Güerita)

Pasado un rato de masticar y masticar, pruebo la Güerita, que lleva guacamole, tomate y cebollas rojas. No soy muy fans del aguacate, pero he de reconocer que en una hamburguesa queda de maravilla, con el toquecillo ácido del limón. Después de terminar mi plato, me limpio con la servilleta y me bebo el resto de la cerveza. ¿Qué impresión me llevo? Que estoy saciado y, sobre todo, que he disfrutado de una hamburguesa de restaurante como hacía meses que no lo hacía. Pagamos nuestra cuenta (21 euros en total, lo cual me parece muy razonable), nos despedimos de Rocío y nos vamos. Antes de irme, le pido un par de veces que felicite a los cocineros de nuestra parte.

Al día siguiente, llamo a eso de las 11 a Burguett para hacer un par de preguntas. Me responde Pablo, uno de sus fundadores, y me explica que abrieron el 20 de diciembre de 2011. Él es de San Sebastián, aunque se mudó a Sevilla en agosto. Sus dos socios también forman parte de Zelai, un bar exquisito que está justo al lado. Su propuesta es simple: ofrecer hamburguesas de muy buena calidad. Me cuenta que la carne viene de Asturias todas las semanas y que ellos mismos la aliñan. Hay tres personas en cocina: Gustavo (en la plancha), Borja y Pablo (encargados del emplatado). Además, me dice el nombre de nuestra camarera, Rocío, que tan bien nos atendió. Tras unos minutos, nos despedimos. Después de colgar, me doy cuenta de que se me ha olvidado preguntarle el nombre del otro camarero, el que estaba en la planta de abajo. “No pasa nada”, me digo, “ya tienes otro motivo más para volver”.

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