Cooking D.I.Y.
02 de noviembre de 2012

Ingredientes

(Para 1, que esto hay que hacerlo a solas):
— 2 huevos
— 50 gramos de buena panceta, nada de beicons de nevera de supermercado
— 1 morcilla de cebolla
— 1 rebanada de pan, de 1 cm de grosor, cortada en bastones de 1 cm de largo
— Sal y pimienta
—Aceite de oliva virgen extra

 

Acero pa los barcos

Pues eso y nada más. No prometo una entrada sana. No prometo una receta milagrosa que vaya a disminuir vuestros niveles de colesterol. Lo único que prometo son ríos y ríos de deliciosa grasa —animal y vegetal— frita, a la plancha, untada, absorbida, mordida, masticada, tragada, digerida, asimilada e, inexorablemente, expulsada. El de hoy es un viaje hacia el interior más cerdo —nunca mejor dicho— de cada uno, ese que nos lleva a disfrutar de algo que sabemos que no podemos degustar a diario, por lo que nos sabe a gloria cada vez que lo comemos. Alguno me lo podrá discutir, ponerle peros e, incluso, argumentar que la suya es una versión más puerca todavía. Muy bien, reto al individuo en cuestión a que lo haga y me mande e-mail con foto explicándome con todo detalle la perversión grasienta que se ha metido entre pecho y espalda para acabar con su ayuno matutino. Con esta entrada, pretendo rendir un pequeño homenaje a Lorentzero —por su Desayuno de los Campeones, que motivó esta locura—, a David de Jorge —con su Atracón a mano armada y sus benditas guarrindongadas— y a los desayunos como dios manda. También quiero aprovechar para enviar una pedorreta bien ruidosa a aquellos desayunos aburridos, sosos, rutinarios, grises y lúgubres. ¿Que no te puedes zampar esta salvajada a diario? Por supuestísimo que no, pero siempre hay que intentar comer para disfrutar, no solo para llenar la panza.

Sobra decir que los ingredientes tienen que ser de la mayor calidad que podamos conseguir.

1 – Calentamos una sartén a fuego medio-fuerte. Añadimos la panceta cortada en lardones y la dejamos dorarse.

2 – Calentamos un cazo pequeño con unos 2 dedos de aceite a fuego medio-fuerte. La elección del aceite va a gusto de cada uno, pero yo prefiero usar de oliva. Este paso es simple: freímos el pan por todos lados sin dejar que se queme. Una vez frito, lo sacamos a un plato con un papel absorbente.

3 – Cuando la panceta esté dorada, la retiramos a un lado de la sartén, echamos un chorrito de aceite de oliva virgen extra y doramos ligeramente la morcilla, a la que le habremos quitado la piel, durante un par de minutos.

4 – Pasado ese tiempo, añadimos otro chorrito de aceite de oliva virgen extra a la sartén y hacemos los dos huevos, que habremos salpimentado.

5 – En un vaso —encima, con sorna—, serviremos la panceta, la morcilla, los dos huevos y, para terminar, los bastoncillos de pan frito. Lo removemos todo con un tenedor —para que los huevos se rompan y todo se mezcle—, nos hacemos una taza de té —o un café, esto va a gusto de cada uno— y nos mentalizamos para disfrutar de un pedazo de cielo. De nada.

Últimos comentarios

  • No hay tweets

Contactar

Top